lunes, 19 de mayo de 2008

SIMON Y ANDRES

Algunos ejemplos ayudarán a entenderlo mejor. Cristo anda por las calles de Capernaum, Galilea. Se acerca a la orilla del mar. A cierta distancia, hay dos hombres pescando; se están ganando la vida. Cristo se detiene, los mira. Uno es Pedro; el otro. Andrés. Al sentirse observados levantan la vista y tropiezan con la mirada de Jesús. Cuando las dos miradas se cruzan. Cristo les lanza una orden, con toda autoridad:
-Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres.
No les dice: “OH, si ustedes vinieran en pos de mí, yo les haría pescadores de hombres”. Tampoco: “¿Quién de ustedes quiere venir en pos de mí?
Levante la mano.” No entra en detalles ni explicaciones. Pedro y Andrés quedan frente a una orden. ¿Qué se hace con una orden? Se obedece o no. No hay alternativa.
Pedro podría haber reaccionado diciendo: “Pero, ¿y éste quién es? ¿Qué pretende? Yo soy el dueño y señor de mi vida. Hasta ahora nadie me ha dado órdenes. ¿Cómo viene éste a ordenarme que le siga?” Pero, no fue esa su actitud.
Todo cuanto Pedro y Andrés entienden es que deben dejar lo que están haciendo y seguir a Jesús.
En cuanto a convertirse en pescadores de hombres, seguramente no comprenden nada. Sería si alguien me dijera hoy: “Ven, sígueme, te voy a hacer zapatero de almas”. “¿Zapatero de almas? ¿Qué es eso?” Así les suena a ellos lo de “pescadores de hombres”. Nosotros, familiarizados con el lenguaje bíblico, entendemos ahora lo que significa aquella expresión del Señor.
Cristo nos da explicaciones; sencillamente los pone frente a la disyuntiva. Es cierto que Pedro, como dueño y señor de su vida, hace lo que quiere. Pero, ahora hay otro frente a él quien pretende convertirse El en el Dueño y Señor de su vida. Y sus palabras resuenan con autoridad. Se produce un forcejeo en el interior de Pedro y finalmente algo se rompe en él; también en Andrés: su voluntad propia. Dejan ambos, entonces, sus redes y siguen a Jesús.
¿Qué significa eso para ellos? Sencillamente una cosa: “Ahora nos sujetamos a Jesús. El es quien manda en nuestras vidas.” Si Pedro tuviera que dar testimonio de aquella experiencia, diría: “Hasta ese momento, yo era dueño y señor de mi vida; desde entonces, Cristo lo es.