martes, 7 de enero de 2014
SEMILLAS Y TERRENOS
Mateo 13:1-9
Antes bien, creced en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo… —2 Pedro 3:18
Si te gusta cultivar calabazas, probablemente hayas oído acerca de la variedad de semillas de máxima calidad de Dill’s Atlantic Giant. Cultivadas en una granja familiar en la región atlántica de Canadá, las calabazas que producen estas semillas han establecido récords en todo el mundo. En 2011, una de ellas marcó un nuevo récord mundial al pesar 825 kilogramos (1.818,5 onzas). ¡Casi 1.000 tartas podrían hacerse con semejante tamaño de calabaza!
Cuando los reporteros preguntaron cómo pudo alcanzar tal tamaño, el granjero dijo que se debía al terreno. Las semillas eran de una variedad especialmente grande, pero aun así, el suelo debía ser el correcto; de lo contrario, la calabaza no crecería bien.
El Señor Jesús utilizó una ilustración en la que comparó los diferentes tipos de terreno con la respuesta de una persona ante la Palabra de Dios (Mateo 13). Algunas semillas fueron comidas por las aves, otras comenzaron a crecer, pero las hierbas malas las ahogaron. Incluso hubo otras que brotaron de inmediato, pero carecían de tierra para seguir creciendo. No obstante, la semilla que cayó en tierra buena «dio fruto, cuál a ciento, cuál a sesenta, y cuál a treinta por uno» (v. 8).
Cada uno debe preguntarse: «¿Qué clase de terreno soy?». El Señor desea plantar su Palabra en nuestro corazón para que crezcamos en el conocimiento de su Persona.
El fruto del Espíritu crece en el terreno de la obediencia.
lunes, 6 de enero de 2014
AMOR SIN BARRERAS
Mateo 23:37-39
¡Jerusalén […]! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste! —Mateo 23:37
Hace poco, oí el piar angustiado de un pájaro, que provenía desde el costado de la casa de mi vecino. Descubrí que había un nido lleno de pichones dentro de un conducto de ventilación cubierto por una rejilla, la cual ponía una barrera entre la madre y los polluelos hambrientos que ella trataba de alimentar. Les avisé a mis vecinos, entonces, quitaron la rejilla y trasladaron el nido y los pichones a un lugar seguro para cuidarlos.
Pocas cosas son tan desgarradoras como una barrera al amor. Cristo, el largamente esperado Mesías de Israel, experimentó un obstáculo a su amor cuando su pueblo escogido lo rechazó. Utilizó la imagen de una gallina y de sus polluelos para describir la falta de disposición de los israelitas para recibir ese amor: «¡Jerusalén, Jerusalén […]! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!» (Mateo 23:37).
Nuestro pecado es una barrera que nos separa de Dios (Isaías 59:2). Pero «de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna» (Juan 3:16). Jesús se encargó de derribar la barrera para recibir el amor de Dios expresado mediante su muerte como sacrificio en la cruz y su resurrección (Romanos 5:8-17; 8:11). Ahora anhela que experimentemos ese amor y aceptemos este regalo.
Mediante su cruz, Jesús rescata y redime.
domingo, 5 de enero de 2014
¿HASTA CUANDO?
Salmo 13
¿Hasta cuándo, Señor? ¿Me olvidarás para siempre?… —Salmo 13:1
Durante nueve largos años, Saúl persiguió a David «como quien persigue una perdiz por los montes» (1 Samuel 26:20). David oró: «¿Hasta cuándo, Señor? ¿Me olvidarás para siempre? ¿Hasta cuándo esconderás tu rostro de mí? […] ¿Hasta cuándo será enaltecido mi enemigo sobre mí?» (Salmo 13:1-2).
La aflicción prolongada también suele afectarnos. Queremos una solución inmediata, un rápido arreglo. Pero algunas cosas no pueden arreglarse; solo soportarse.
No obstante, podemos quejarnos ante Dios de nuestros problemas. Tenemos un Padre celestial que desea que nos comprometamos con Él para enfrentar nuestras luchas, ya que conoce a sus hijos como ningún otro.
Cuando le presentamos nuestras quejas, recuperamos la cordura. En el caso de David, sus pensamientos se remontaron a la certeza de la vida: el amor de Dios. David trajo a su mente: «Mas yo en tu misericordia he confiado; mi corazón se alegrará en tu salvación. Cantaré al Señor, porque me ha hecho bien» (vv. 5-6). Los sufrimientos tal vez continuaron, pero él podía cantar en medio de sus pruebas porque era un hijo amado de Dios. No hace falta saber otra cosa.
A. W. Thorold escribe: «El pináculo de la vida espiritual no es gozar alegremente de los rayos del sol bajo un cielo despejado, sino confiar de manera absoluta e indiscutible en el amor de Dios».
Aun en nuestros problemas, podemos confiar en el amor de Dios.
El amor de Dios permanece firme cuando todo lo demás se derrumba.
sábado, 4 de enero de 2014
¡UN DÍA!
Mateo 27:27-31; 28:1-6
No está aquí, pues ha resucitado… —Mateo 28:6
Era el día después. Mi equipo favorito había perdido la final, y el sueño de ganar el campeonato había terminado. Afuera hacía frío y el cielo estaba algo encapotado cuando subí al auto para ir a trabajar. Nada de esto habría importado mucho, pero daba la impresión de que iba a ser un lunes gris.
En ese momento, sonó una canción en la radio que cambió mi perspectiva. Era Casting Crowns interpretando el himno «Un día glorioso»: Un día lleváronle [a Cristo] al monte Calvario; un día claváronle allí en la cruz. Hasta esa parte, nada alentador. Pena y dolores sufrió, y la muerte… más malas noticias. Pero después, la letra describe la buena nueva de la resurrección de Cristo y su victoria sobre la muerte.
De aquel día aciago (de la oscuridad del mediodía en esa ladera de Jerusalén) surgió la única esperanza verdadera para la humanidad. Como sigue diciendo la canción: Muerto salvome; y en el sepulcro, mi mal enterró. Resucitado es mi eterna justicia; un día Él viene, pues lo prometió. ¡Qué día glorioso!
Quizá hoy las cosas no empezaron bien para ti. Tal vez enfrentes una cantidad de problemas que amenazan con convertir este día en una jornada sin esperanza. Dirige tu atención hacia Cristo. Medita en lo que hizo por ti en el Calvario y cómo venció la muerte mediante su resurrección: «No está aquí, pues ha resucitado…» (Mateo 28:6). ¡Esta verdad puede tornar cualquier día en glorioso!
La tumba vacía de Cristo nos llena de esperanza.
¡UN DÍA!
Mateo 27:27-31; 28:1-6
No está aquí, pues ha resucitado… —Mateo 28:6
Era el día después. Mi equipo favorito había perdido la final, y el sueño de ganar el campeonato había terminado. Afuera hacía frío y el cielo estaba algo encapotado cuando subí al auto para ir a trabajar. Nada de esto habría importado mucho, pero daba la impresión de que iba a ser un lunes gris.
En ese momento, sonó una canción en la radio que cambió mi perspectiva. Era Casting Crowns interpretando el himno «Un día glorioso»: Un día lleváronle [a Cristo] al monte Calvario; un día claváronle allí en la cruz. Hasta esa parte, nada alentador. Pena y dolores sufrió, y la muerte… más malas noticias. Pero después, la letra describe la buena nueva de la resurrección de Cristo y su victoria sobre la muerte.
De aquel día aciago (de la oscuridad del mediodía en esa ladera de Jerusalén) surgió la única esperanza verdadera para la humanidad. Como sigue diciendo la canción: Muerto salvome; y en el sepulcro, mi mal enterró. Resucitado es mi eterna justicia; un día Él viene, pues lo prometió. ¡Qué día glorioso!
Quizá hoy las cosas no empezaron bien para ti. Tal vez enfrentes una cantidad de problemas que amenazan con convertir este día en una jornada sin esperanza. Dirige tu atención hacia Cristo. Medita en lo que hizo por ti en el Calvario y cómo venció la muerte mediante su resurrección: «No está aquí, pues ha resucitado…» (Mateo 28:6). ¡Esta verdad puede tornar cualquier día en glorioso!
La tumba vacía de Cristo nos llena de esperanza.
viernes, 3 de enero de 2014
AMAR Y SABER
Romanos 5:6-11
Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. —Romanos 5:8
En una novela de Jonathan Safran Foer, uno de los personajes hablaba del edificio Empire State en Nueva York, y dijo: «Conozco este edificio porque lo amo».
Esa declaración me hizo pensar en la relación entre el amor y el conocimiento. Cuando amamos algo, queremos saber todo sobre ese objeto. Si amamos un lugar, deseamos explorar cada centímetro. Cuando amamos a una persona, queremos saber todos los detalles de su vida: qué le gusta, en qué ocupa su tiempo, dónde creció, quiénes son sus amigos, en qué cree. La lista es interminable. Sin embargo, algunos queremos que los demás nos amen sin permitir que nos conozcan. Tenemos miedo de que, si nos conocen realmente, no querrán amarnos.
No debemos preocuparnos de esto en lo que respecta a Dios. Su amor es ilimitadamente superior al nuestro: «Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» (Romanos 5:8). Y es más, Él mismo se nos da a conocer. A través de la creación, de las Escrituras y de Jesucristo, Dios revela su carácter y su amor. Como nos ama a pesar de nuestras imperfecciones, podemos confesarle nuestras faltas confiadamente. Con Dios, no es necesario temer que se sepa cómo somos. Por esta razón, conocer a Dios es amarlo.
No hay mayor gozo que saber que Dios nos ama.
jueves, 2 de enero de 2014
SIN APETITO
Nehemías 8:1-12
Desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación. —1 Pedro 2:2
Hace poco, estaba padeciendo un terrible resfriado y perdí el apetito. Podía pasar todo el día casi sin comer. Me bastaba con beber agua, pero sabía que no podría sobrevivir mucho tiempo así. Tenía que recuperar el apetito porque mi cuerpo necesitaba alimentarse.
Cuando los israelitas volvieron del exilio en Babilonia, su apetito espiritual estaba debilitado, ya que se habían alejado de Dios y sus caminos. Para que la gente recuperara la salud espiritual, Nehemías organizó un seminario bíblico, y Esdras fue el maestro.
Esdras leyó del libro de la ley de Moisés desde el amanecer hasta el mediodía, para alimentar al pueblo con la verdad de Dios (Nehemías 8:3), y todos escucharon atentamente. Es más, su apetito por la Palabra de Dios se despertó de tal manera que los jefes de familia, los sacerdotes y los levitas se reunieron al día siguiente con Esdras para estudiar la ley de manera más detallada, porque querían entenderla mejor (v. 13).
Cuando nos sentimos separados de Dios o espiritualmente débiles, podemos hallar alimento espiritual en su Palabra. «Desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación» (1 Pedro 2:2). Pídele al Señor que renueve tu deseo de tener comunión con Él, y empieza a alimentar tu corazón, alma y mente en su Palabra.
Al alimentarnos de la Palabra de Dios, nos mantenemos fuertes y saludables en Él.
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