martes, 22 de abril de 2008

CONFIA A DIOS TODOS LOS DETALLES DE TU VIDA

Cuando Dios te aceptó en su familia, asumió la responsabilidad de tu vida y de tus problemas. El rey David lo expresó mejor que ninguna otra persona lo haya expresado: “El Señor es mi pastor, nada me faltará”. (Salmo 23:1)
Dios cuenta con recursos infinitos. Cuando confías en El, vas más allá de tu propia comprensión a una dimensión de la fe en la que estás dispuesto a tomar la vida con calma, porque sabes que existe un Dios grande, amoroso, todopoderoso, que cuida de ti. Entonces, ¿qué hay que temer?
¿Cómo se logra esto?
Cuando llegas al punto en que todo lo que posees pertenece a Dios, entonces todo lo que posee Dios te pertenece a ti.
Así de sencillo.
Hay quienes desean conocer la voluntad de Dios de antemano, para determinar si la cumplen o no. Pero Dios revela su voluntad sólo a quienes se han comprometido a cumplirla “pase lo que pase”.
El intelecto humano siempre está tratando de descifrar las cosas. El hombre quiere respuestas a todas sus preguntas hipotéticas. Más Dios no contesta tales preguntas.
Simplemente dice: “Confía en mí”. Esto significa que Dios reserva siempre lo mejor para quienes dejan las decisiones a El. “Encomienda al Señor tu camino, confía en El, que El actuará”. (Salmo 37:5)
“Porque la vida es más que el alimento, y el cuerpo más que la ropa. Considerad los lirios, como crecen; no trabajan ni hilan; pero os digo que ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de éstos.
Y si Dios viste así la hierba del campo, que hoy es y mañana es echada al horno, ¡cuánto más hará por nosotros, hombres de poca fe!”. (San Lucas 12:23, 27,28)

domingo, 13 de abril de 2008

DA TESTIMONIO DE CRISTO CON TU VIDA Y CON TUS PALABRAS

Dar testimonio de Dios es; simplemente, ser quien eres. No significa que tengas que predicar, ni que tengas que ir de puerta en puerta hablando de Jesús con extraños. Sólo significa vivir para Cristo todos los días, de manera que no sólo tus palabras hablen de Cristo, sino que tu vida también refleje Su vida.
¿Cómo dar testimonio con tu vida? Haciendo lo que hemos estado comentando: Obedeciendo la Palabra de Dios, siendo dirigido y controlado por el Espíritu Santo, manifestando el fruto del Espíritu en tus acciones, en tu comportamiento.
Esto no significa que tengas que convertirte en un mojigato, ponerte ropa rara y renunciar a la diversión. Ni tampoco que tengas que andar con la Biblia en la mano el día entero. Quiere decir, sencillamente, que reconoces estar unido a Jesucristo a toda hora.
Jesucristo lo describió como las ramas unidas a la vid. El es la vid; nosotros las ramas. Si permanecemos unidos, daremos frutos y nuestra vida dará testimonio a todos los que nos rodean.
Una enfermera cristiana que trabajaba en una clínica psiquiátrica tuvo varias oportunidades para hablar de su fe con los demás empleados del establecimiento. Todos la tacharon de rara, pero no protestaron demasiado, ya que era una excelente empleada.
Luego, el hijo mayor de la mujer, a quién ella adoraba, murió en un accidente de motocicleta. Durante las semanas siguientes, todos los médicos hablaron con la enfermera en privado, mostrando admiración por su fe, e inquiriendo acerca de la fuerza interior que manifestaba. Su porte tranquilo y su espíritu sereno ante el dolor profundo eran como “un sermón silencioso” que todos logramos escuchar.
Como testigo de Cristo, afectarás a todo el mundo. “Vosotros sois la luz del mundo. Una ciudad situada sobre un monte no se puede ocultar; ni se enciende una lámpara y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero; y alumbra a todos los que están en la casa. Así brille vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas acciones y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5:14-16)
Sin embargo, no basta ser testigo por medio de tu vida.
El crecimiento cristiano significa que también serás testigo con tu boca. Quienes han sido redimidos por el Señor “así lo anunciarán”, afirma el salmista. Eso significa que, una vez que has sido salvo y has sido lleno de su Espíritu Santo, querrás contar a otros acerca de esta maravillosa forma de vivir. Será algo tan natural como hablar de la persona a quien amas, o de tu automóvil nuevo, o de tus hijos o tus nietos. Dios te proporcionará las palabras apropiadas, y te presentará personas receptivas para recibir tu mensaje. Lo único que tienes que hacer es estar siempre disponible.

viernes, 28 de marzo de 2008

OBEDECE A DIOS EN CADA MOMENTO

¿Cómo saber que amas realmente a Jesucristo, que no se trata de un amor falso o artificial? Una de las cosas más emocionantes de la vida es que Dios ha dado una norma para el amor. Hela aquí: “El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre; y yo lo amaré y me manifestaré a él”. San Juan 14:21)
¿Cómo sabemos que amamos a Jesucristo? Porque obedecemos sus mandamientos. Desde luego que no tenemos que “Demostrar” nada a nadie. No obstante, la obediencia se convierte en la medida que nos permite evaluarnos. “Y éste es el amor: que andemos conforme a sus mandamientos”. (II Juan 6)
Si amas a Dios, dice la Biblia, amarás también a los demás.
“Y nosotros hemos recibido de El este mandamiento: Que el que ama a Dios ame también a su hermano” (I Juan 4:21) Esto es bastante claro y directo.
“Entonces, como escogidos de Dios, santos y amados, revestíos de tierna compasión, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia; soportándoos unos a otros y perdonándoos unos a otros, si alguno tiene queja contra otro; como Cristo perdonó, así también hacedlo vosotros. (Colosenses 3:12-13)

¿ESTAS EN CRISTO?

La frase “en Cristo” se emplea 165 veces en Nuevo Testamento. De hecho, en el primer capítulo de la Carta a los Efesios se usa nueve veces. Eso quiere decir que estar “en Cristo” debe ser importante. ¿Qué significa?
Estás EN CRISTO cuando obedeces la vocecita del Espíritu Santo mientras interpretas la Biblia. El Espíritu Santo habla a menudo en tono correctivo. Es como los pequeños cohetes situados en la base de los cohetes gigantescos que ponen en órbita a los satélites. Cuando el cohete principal comienza a desviarse de la ruta, puede ser enviada una orden desde la Tierra que active uno de los pequeños cohetes direccionales. Este guía a la nave espacial hacia la ruta correcta. El Espíritu Santo nos habla frecuentemente en esta misma forma. A veces le llamamos “conciencia”, pero, para el cristiano, es la voz del Espíritu Santo.
Dios no bendice la desobediencia. Es posible que nos proteja, aunque seamos desobedientes, pero reserva sus bendiciones para aquellos que le obedecen. Cuando vamos en el automóvil y excedemos el límite de velocidad, viajamos bajo nuestra propia responsabilidad en lo que se refiere a las bendiciones del Creador. El tal vez nos proteja, aunque nos hemos colocado fuera de la ley, pero nosotros mismos nos hemos conducido literalmente hasta quedar fuera de Sus bendiciones, pues Dios desea que obedezcamos aquellas leyes civiles que no estén en conflicto directo con la Biblia.
Vivir una vida de obediencia para con Dios, minuto a minuto, asegura tu crecimiento como cristiano.
De la misma manera, se nos dice que amemos a nuestros hermanos y a nuestras hermanas. San Pablo describió a la Familia de Dios como un “cuerpo”. Señaló que el cuerpo tiene muchas partes: manos, pies, rodillas, codos, orejas y una buena cantidad de partes que no podemos ver, como el hígado, la vesícula y el corazón. Cada uno de nosotros funciona como parte de ese cuerpo. No debe molestarte el que otra persona sea un ojo, sólo porque eres un dedo. Ambos son importantes, aunque tengan que realizar tareas distintas.
Si un grano de arena ha caído en el ojo, éste necesita de la ayuda del dedo. Ni el codo ni el pie le servirán de nada. Asimismo, el dedo necesita del ojo para “ver” la mota de algodón que empleará para quitar el grano de arena del ojo. Y ambos necesitan de los pies para dirigirse al baño, adonde encontrarán el algodón. Por otra parte, no podemos llevar el dedo hacia el ojo si el codo se nos pone rígido, ¿verdad? Todas las partes del cuerpo son necesarias.
Amarnos los unos a los otros significa que todos somos un solo cuerpo. Ese cuerpo es la Iglesia. No es un edificio, ni siquiera un organismo. Es un grupo de personas, todas ellas diferentes, que aman al Señor y se aman entre sí. Necesitas pertenecer a una familia semejante si has de ser obediente a Dios.
A medida que crezcas en tu vida cristiana, recuerda estas palabras sencillas, pero profundas, de Jesús. “El que tiene mis mandamientos y los guardas, ése es el que me ama…” (San Juan 14:21)

jueves, 6 de marzo de 2008

PARA DEJAR ATRAS LA INFANCIA ESPIRITUAL

Hay varias cosas que nos mantiene dentro del corral del cristianismo infantil, cuando el propósito más elevado de Dios es que alcancemos la madurez y volemos. Puede ser que no estemos dispuestos a correr el riesgo del fracaso. Quizás digas: ahora soy un cristiano, sé que iré al cielo, ¿para qué molestarme en hacer más?
Otros temen dejar las comodidades del corral a cambio de la austera vida de la fe. Quienes desean avanzar hacia la madurez espiritual están dispuestos a pagar el precio. Son ellos lo que Dios emplea en formas especiales para moldear el mundo.
Dijo Pablo a sus amigos en Filipos: Así que, amados míos, tal como siempre habéis obedecido, no sólo en mi presencia, sino ahora mucho más en mi ausencia, ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor; porque Dios es quien obra en vosotros tanto el querer como el hacer, para su beneplácito”. (Filipenses 2:12,13)
No hablaba de entrar en el Reino de Dios por medio de las buenas obras. Recuerda que leíamos antes que no se logra entrar en la gracia de Dios a través del esfuerzo. Se refería al “proceso” de salvación por virtud del cual crecemos en la gracia de Dios y nos asemejamos a la imagen de Su Hijo Jesucristo. Quería decir que el crecimiento como cristianos exige que cooperemos con Dios. En realidad, estaba diciendo que debíamos poner algo de nuestra parte. Luego Dios, que obra en nosotros por medio del Espíritu Santo, se encargará de que esto suceda.
En el siguiente capítulo, Pablo prosigue y advierte a la iglesia de Filipos que no se detenga en el camino de su vida cristiana. Había “más” les decía, más de lo que habían experimentado en Cristo hasta ese momento. En esencia, les estaba diciendo que crecieran como cristianos.
Hermanos, yo mismo no considero haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago; olvidando lo que queda atrás y extendiéndome a lo que está delante, prosigo hacia la meta para obtener el premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús. (Filipenses 3:13,14)
Pablo prevenía constantemente a sus amigos acerca de los peligros del estancamiento. De hecho, llegó al extremo de decir que temía “naufragar espiritualmente” si dejaba de crecer. “¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero sólo uno obtiene el premio? Corred de tal modo que ganéis. Y todo el que compite en los juegos se abstiene de todo. Ellos lo hacen para recibir una corona corruptible, pero nosotros una incorruptible. Por lo tanto, yo de esta manera corro, no como sin tener meta: de esta manera peleo, no como dando golpes al aire, sino que golpeo mi cuerpo y lo hago mi esclavo, no siendo que habiendo predicado a otros, yo mismo sea descalificado”. (1Corintios 9:24-27)
Parece ser que Pablo tomó la vida cristiana muy en serio. Sabía que si no creía como cristiano, si no avanzaba, podría volver a caer fácilmente en su vida anterior. Si éste era un asunto de gran importancia para un hombre como San Pablo, nosotros también deberíamos tomar en serio este asunto del crecimiento.
Los seres más tristes son aquellos cristianos que no llegan al crecimiento pleno, que nunca abandonan el “jardín de infantes” espiritual, que siguen usando pañales y botines, en lugar de ponerse el equipo de alpinista necesario para escalar las alturas, con la ayuda del Espíritu Santo.

HERRAMIENTAS PARA REALIZAR LA TAREA

Uno de los propósitos de este blog es entregarte las herramientas necesarias para escalar esas magníficas montañas que conducen a la madurez espiritual.

ACUDE A DIOS DIARIAMENTE A TRAVES DE LA ORACION

Orar significa, sencillamente, hablar con Dios… y escuchar mientras Dios nos habla. Es la expresión más fundamental de nuestra fe, el “aliento” de nuestra vida espiritual. Es nuestra línea de comunicación vital con Dios.
Muchas personas creen equivocadamente que la oración debe ser “formal”. Nada más alejado de la verdad. No es otra cosa que un niño hablando con su padre. Puede ser esto:

Un grito pidiendo ayuda cuando nos vemos necesitados.
El agradecimiento por un regalo recibido.
Una súplica a favor de otra persona.
Un apacible momento de adoración.
Un período para escuchar mientras Dios habla.
Un rato dulce para recibir alguna manifestación del amor de Dios.
La oración es, básicamente, una conversación con nuestro Padre Celestial.

“Perdóname, Padre. Esta vez sí que -metí la pata-. No quería estallar frente a mi hijo, pero lo hice. ¿Me darás ahora la fuerza para pedirle también que me perdone?”
“Señor ¿recuerdas el año pasado cuando empecé a pedirte dinero para comprar un automóvil nuevo? Mi fe no era muy firme entonces, ¿verdad? ¡Cómo agradezco tu confianza! Ti proveíste. Ahora el automóvil es nuestro. ¡Gracias, gracias!
Ayúdame, Dios mío. Ya he verificado una docena de veces este libreto de cheques, pero las cuentas no calzan. Muéstrame, por favor, donde está el error”.
“Dios mío, no soy digno siquiera de hablar contigo. He arruinado mi cuerpo con todas estas drogas, he destruido a mis seres queridos… Dios mío… Necesito ayuda. Ayúdame, por favor”.
“Pues bien, Señor, acabo de firmar el contrato más grande de mi vida. Ahora tengo que cumplir. Todo lo que tengo te pertenece, sólo te pido que tomes control de mi cerebro para que pueda cumplir con mi trabajo”.
“Padre, ya llevo mucho tiempo luchando con este problema. Ahora lo voy a dejar en tus manos y te voy a pedir que me trates como si fuera un niñito hasta que aprenda la lección”.
Mateo 6:6 Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público.6:7 Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos.6:8 No os hagáis, pues, semejantes a ellos; porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis.6:9 Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre.6:10 Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.6:11 El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy.6:12 Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.6:13 Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén.6:14 Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial;6:15 mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.
¿Conoces algunos cristianos enérgicos y gozosos? ¿De esos que sonríen todo el tiempo, que parecen amar a todo el mundo, que dominan sus problemas? Es casi seguro que tienen un secreto: la oración da fuerza para vivir.

¿COMO RESPONDE DIOS A LAS ORACIONES?

Recuerda: Dios, como un padre amoroso, está más deseoso de conceder tus peticiones, que el mejor de los padres que quisiera premiar a sus hijos.
Pero recuerda también que el es tu Padre. Como buen padre, sabe hacer buenos regalos, y sabe también cuándo hacerlos.
Esto significa que a veces rechaza nuestras peticiones. Sin embargo, nunca dice que “no”, sin tener una respuesta mejor esperándonos a la vuelta de la esquina.
Es importante recordar que cuando Dios nos dice “no”, no lo hace por falta de medios o de recursos. Tampoco lo hace porque no le importa. Dios es dueño de todo: riquezas, conocimiento, sabiduría, poder, salud, alegría y amor. Además, sí, le importamos. Nos ama más de lo que podría amarnos cualquier padre terrenal. Por lo tanto, aunque es cierto que Dios nos dice “no” en ocasiones, es la excepción. Su respuesta habitual es “si”.
Es por eso que, cuando le pedimos, debemos esperar un “sí” como respuesta.
Cuando sabemos, por la Biblia, cuál es la voluntad de Dios sobre cualquier asunto, y actuamos basándonos en esa voluntad, aunque todavía no la hemos visto obrar en nuestra vida, abrimos la puerta para que Dios conteste nuestras plegarias con mayor prontitud-

REGISTRA LAS RESPUESTAS
Te recomiendo llevar un cuaderno de oraciones. Yo tengo un cuaderno de hojas sueltas donde anoto las peticiones que hago en mis oraciones. En una hoja escribo mis peticiones y en la hoja opuesta anoto cuándo y como respondió Dios a esa solicitud. Al repasar mi cuaderno, me asombra comprobar que el 97% de las plegarias que elevé a Dios hace cinco años han recibido respuesta, y las demás están en vías de recibirse.
No presento peticiones todos los días, aunque elevo mis oraciones a Dios diariamente, con perseverancia. Pido algunas cosas sólo una vez a la semana o en ciertos días. Estoy llevando un –diario de oraciones y peticiones solucionadas- y procuro ser tan constante en escribir, como en lavarme los dientes. Este hábito de escribir las respuestas de Dios a mis oraciones me han dado mucho aliento y ha aumentado notablemente mi fe. Como meta para cada año, le pido a Dios que me conceda el recibir aquellas cosas más grandes que El tenga dispuestas para mí y que me permita el privilegio de ver la realización de “imposibles”. Dios ha aumentado mi fe al responder fielmente a las peticiones que consideraba difíciles, con la misma presteza con que ha contestado las peticiones poco importantes. Esta es una de las alegrías del crecimiento, pues nos permite medir nuestro progreso espiritual, principalmente en nuestra vida de oración. ¿Qué es lo más importante que debemos tener presente con respecto a la oración? Sólo esto: “Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida, nadie viene al Padre sino por mí”. (San Juan 14:6) Esto significa que, si ha de ser verdadera, la oración debe hacerse en nombre de Jesús. Cuando nos acercamos a Dios en nombre de Su Hijo, El nos pondrá atención.

“Lámpara es a mis pies tu palabra, y
luz para mi camino”
(Salmo 119:105).
LEE A DIARIO LA PALABRA DE DIOS
Si la oración es tu línea de comunicación con Dios, entonces la Biblia es el cesto del pan. Así como es importante que desarrolles buenos hábitos de alimentación (comer alimentos adecuados ya sus horas), también es de vital importancia que todos los días comas a la mesa de Dios: Estudiando la Biblia.
La lectura de la Biblia, como la oración, puede convertirse en un hábito. La Biblia es de primordial importancia para nuestras vidas, por varias razones:
PRIMERO, la Biblia por el poder del Espíritu Santo Divino, hace surgir la fe en nuestro corazón. Recuerda que dijimos que la salvación es un proceso de crecimiento. Una de las formas de desarrollar el potencial que poseemos para el crecimiento es leyendo la Biblia todos los días. Si no comes, tu cuerpo no crecerá. Del mismo modo, si no lees la Biblia, jamás crecerás más allá de la infancia espiritual.
SEGUNDO, la Biblia nos sigue nutriendo a lo largo de nuestra vida. Jesús oró para que la Biblia obrara este efecto en Sus seguidores: “Santifícalos en la verdad: Tu palabra es verdad” (San Juan 17:17)
Santificar significa “poner aparte” o “hacer santo”, ¿Cómo nos hace santos Dios? Poniéndonos en contacto constante con Su palabra. A medida que “comemos” Su Palabra, que la “digerimos”, penetra en nuestras células espirituales, y nos llenamos de la Palabra de Dios.
TERCERO, la Biblia es el modelo que norma nuestras decisiones y nos ayuda a formarnos opiniones acerca de todos los aspectos de la vida. “Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, equipado para toda buena obra” (II Timoteo 3:16,17).
Alguien definió a un cristiano como la persona cuya vida estuviera dominada y controlada totalmente por el Señor Jesucristo. ¿Cómo sabrás qué quiere Jesús de ti? Leyendo Su Palabra. En las páginas de la Biblia encontrarás la voluntad de Dios respecto a tu vida.
Si viajáramos en un automóvil entre dos ciudades que se distancien por 100 kilómetros aproximadamente escuchando una audición cristiana a cierta distancia vamos a notar que disminuye la sintonía de dicha radio y comienzan a tomar fuerzas otras radios de la ciudad a la que nos estamos acercando y si en esas radios no hay programas cristianos adecuados vamos a tener que esperar a retornar a la ciudad de la que nos alejamos para volver a disfrutar aquella radio cristiana.
Leemos la Biblia diariamente para mantenernos al alcance de la voz de Dios. Cometo suficientes errores sin resintonizar la Palabra de Dios en mi vida. Si das una mirada todos los días a la Palabra de Dios, tendrás acceso a la sabiduría y al conocimiento divino, lo cual te evitará tomar decisiones equivocadas y te llenará de fuerza para vivir.

domingo, 24 de febrero de 2008

ERES ESPECIAL PARA DIOS

Cuentan los indios cheyenes una leyenda acerca de una aldea aislada, situada a la orilla de un bosque. Siguiendo una costumbre de muchos años, los adultos salían uno por uno de la aldea, y atravesaban el bosque a hurtadillas por una estrecha senda, que llegaba a un arroyo plateado.
Un tronco, liso ya por el roce de tantos pies con mocasines que habían caminado sobre él, cruzaba el arroyo. Tras mirar a su alrededor para asegurarse de que nadie lo observara, cada miembro de la tribu caminaba por el tronco hasta el centro del arroyo. Allí, dirigía la vista hacia la superficie del agua y veía reflejado en ella su propio rostro.
Enseguida, con voz tranquila, comenzaba a contarle al arroyo todas las cosas que guardaba en lo más profundo de su corazón, lo cual le hacía sentirse bien. Luego de terminar, volvía a la aldea.
Aunque todos los adultos hacían esto a menudo, jamás se lo contaron a nadie. No obstante, todos estaban, al parecer, enterados de que los demás hacían lo mismo.
Cierto día, dos niños encontraron la senda que se adentraba en el bosque. Como sentían curiosidad, la siguieron y pronto descubrieron el arroyo plateado. Cuando vieron el tronco, avanzaron por él y miraron hacia abajo. Allí en el agua, vieron el reflejo de sus rostros. Al poco tiempo empezaron a hablarle al arroyo, contándole lo que llevaban en lo más profundo del corazón, lo cual les hizo sentirse muy bien.
Regresaron corriendo a la aldea y llamaron a los adultos. Sin embargo, cuando les contaron lo que habían descubierto, y lo que habían hecho, los adultos se sintieron ofendidos… y amenazados. Hicieron huir a los niños de la aldea corriéndolos a pedradas.
El significado de la leyenda, según los propios cheyenes, es que todos necesitamos alguien con quién hablar, alguien con quien relacionarnos, alguien a quien podamos contar las cosas más profundas de nuestro corazón. Pero como esto es considerado también una señal de debilidad, cuidamos mucho de que nadie se entere de ello.
Los cheyenes tienen razón, en parte. El ser humano nace con una necesidad imperiosa de relacionarse con los demás. Alguna vez se dijo que dentro de todo hombre se oculta un niño que aún trata de complacer a su padre. Supongo que los mismo se puede decir de la niña que vive dentro de cada mujer. En todos nosotros hay un niño que necesita desesperadamente apoyarse en Dios.
Nuestra sociedad, sin embargo, ha hecho algo curioso, nos ha condicionado para ver la dependencia de Dios como una debilidad. Vemos el <éxito> como la capacidad para valernos por nosotros mismos, sin ayuda de nadie, y menos de la de Dios. En consecuencia cuando escuchamos que una persona dice: o , pensamos inmediatamente que se trata de una persona apocada e inútil, un fracasado que no pudo salir adelante por su propia cuenta y tuvo que recurrir a la ayuda divina.
A propósito, este concepto es fundamentalmente occidental. La mayoría de los países del Tercer Mundo y casi todos los habitantes del Oriente, ven la dependencia del como algo natural. Sólo los europeos y los norteamericanos, debido a nuestro fuerte sentido de independencia, nos resistimos en pedir ayuda a Dios. No obstante, al igual que los indios cheyenes, cuando estamos a solas y somos sinceros con nosotros mismos (cuando estamos parados en el tronco y miramos hacia abajo, al arroyo plateado), sentimos el impulso de expresar las cosas más profundas de nuestro corazón. Y cuando lo hacemos, nos sentimos bien, pues dentro de todo ser humano existe una vocecita que susurra y nos dice que no importa lo que opine el mundo: Dios nos ama y SOMOS ESPECIALES PARA EL.
Nuestro problema es el orgullo. No queremos reconocer que somos incapaces de manejar solos los problemas de la vida.
Carlitos, el personaje de la tira cómica, lucha constantemente con este problema. Cierto día, hablaba con su amigo Lino acerca del sentimiento de ineptitud que siempre le embargaba.
Verás, Lino, se quejaba Carlitos, esto se remonta al principio. Desde el momento en que nací y entré en el escenario de la vida, me echaron un vistazo y dijeron: No sirve para representar el papel.
¿Cuántos de nosotros, al igual que Carlitos, nos miramos al espejo y concluimos que no servimos para representar el papel?
En otra ocasión, Carlitos se quejaba con Lino acerca de su editor. Me envió una carta de rechazo, se lamentó Carlitos. ¿Y qué hay con eso? respondió Lino. Muchos escritores reciben cartas de rechazo.
Pero ¡yo ni siquiera le envié un manuscrito! replicó Carlitos.
Esa clase de sentimiento puede convertirse rápidamente en una actitud de rechazo o ineptitud. Pero esto es una perversión de la verdad. Es una mentira que el demonio susurra constantemente a nuestros oídos, para convencernos de que en realidad no fuimos creados a semejanza de Dios; de que no somos valiosos para El; de que, si bien Jesucristo murió en la Cruz, no lo hizo por nosotros. Si la mentira no se enmienda, si la actitud no se corrige, puede conducir fácilmente a la depresión, o algo peor.
Los caricaturistas aprovechan constantemente este aspecto de la vida. En la tira cómica “el Pequeño Abner”, de Al Capp, había un extraño personaje que vivía bajo una nube oscura que pendía sobre su cabeza y lo acompañaba a todas partes. Donde quiera que fuera este personaje patético se producían desastres. Los camiones salían disparados de los puentes; los pianos caían de los rascacielos; las personas desaparecían por las bocas de las alcantarillas. Solíamos reírnos de ese pobre diablo, pero sólo porque nos identificábamos con él.
En el mundo de hoy, muchas personas sienten que viven bajo una maldición parecida a ésa. Es como una sombra siniestra que los sigue a todas partes. Tienen la sensación de que, tarde o temprano, los alcanzará y se los tragará.
Y en realidad, hay algo de cierto en ello. La Biblia nos dice que todos los hombres son –pecadores-; es decir que intentan vivir apartados de Dios y de sus leyes. Esto conduce a una profunda separación de Dios. Como resultado, y puesto que todas las cosas buenas provienen de Dios, es difícil que el hombre original experimente algo bueno y duradero.
El rey David, que acababa de terminar un examen de conciencia cuando llegó el profeta Natán y le señalo algunas maldades de su vida, reconoció una verdad eterna al exclamar: “He aquí, yo nací en iniquidad, y en pecado me concibió mi madre”. (Salmos 51:5)
Es una confesión vigorosa y profundamente cierta. En otras palabras, el rey David se contempló y dijo: “No sirvo para representar el papel”.
Si hiciéramos un diagrama de esta situación, trazaríamos un cuadrado con líneas extendiéndose en todas direcciones, llevando una leyenda que dice: “Yo no estoy bien”, Tú no estás bien”, “Nosotros no estamos bien”, “Ellos no están bien”, “Eso no está bien”.
Por otra parte, si tú no hubieses nacido “en culpa”, entonces podríamos cambiar la frase para decir: “Yo estoy bien, tú estás bien, todos estamos bien, y todo está de maravilla”.
Pero, según la Biblia, no es así. El hecho es que “por cuanto todos pecaron y no alcanzan la gloria de Dios”. (Romanos 3:23)
Es este “pecado” lo que nos separa de Dios y nos impide tener el éxito que El desea para nosotros. Por lo tanto, antes de hacer cualquier otra cosa, necesitamos resolver el problema del pecado en nuestra vida.
Tal vez resulte más comprensible si lo explico en términos de un hombre con su palo de golf. En manos de un hábil golfista, el palo se puede emplear para golpear la pelota y hacerla caer en el hoyo. Sin embargo, esto no es posible si se ha hecho mal uso del palo. Por ejemplo, si ha sido utilizado para forzar la puerta del garaje, o si alguno de nuestros hijos lo dejó en la acequia de desagüe y el camión de la basura le pasó por encima. Ahora, la cabeza está resquebrajada y el puño doblado en forma de “Z”. No importa cuando desee el golfista usarlo en un torneo, jamás podrá jugar bien al golf con ese palo.
Eso mismo hace el pecado con nuestras vidas. Nos torna inútiles. Nos obliga a sentirnos derrotados y declarar: “¿Y qué? Olvidémoslo. De cualquier forma, mañana moriremos. Así es que comamos, bebamos y acostémonos con quién se nos antoje”.
A pesar de que el rey David fue sincero consigo mismo y reconoció que era pecador, no se conformó con eso. Reclamó a Dios la purificación y le pidió que creara en él un corazón puro.
En suma, hizo lo mismo que los hombres que mencionáramos anteriormente: “lávame por completo de mi maldad y límpiame de mi pecado”. (Salmos 51:2)
Todos podemos elegir: o vivir como nos plazca, o vivir a la manera de Dios. Como vimos anteriormente conocimos a algunos hombres que decidieron seguir a Jesucristo. Aunque habían alcanzado el éxito en términos mundanos, aceptaron que no podían salir adelante solos. Sin Dios, “no servían para desempeñar el papel”.
Al darse cuenta de ello, entregaron su vida a Jesucristo y pidieron a Dios que “tomara el control” de su vida, en lugar de dirigirla ellos mismos. Gracias a esta decisión, recibieron de Dios una fuerza sobrenatural para vivir.
Hace varios años un hombre escribió un libro en el que afirmaba que lo más importante de este mundo era: “Velar por los intereses del Numero Uno”. En la dedicatoria del libro anotó: “Dedico esta obra a la esperanza de que, en alguna parte de nuestro universo, exista la civilización cuyos habitantes sean los únicos que tengan dominio sobre sus propias vidas”.
Si, existe tal lugar: “El infierno”. Es el sitio donde los hombres se han divorciado totalmente del derecho que Dios tiene sobre sus vidas.
Con todo, la persona verdaderamente triunfadora ha aprendido que, para tener fuerza para vivir – fuerza sobrenatural para vivir – debe relacionarse adecuadamente con Dios.
Según los psicólogos, todos los seres humanos tenemos cinco necesidades básicas. Estas son:
1. Seguridad.
2. Reconocimiento.
3. Amor.
4. Aventura.
5. Necesidad de crear.

A veces se les llama “impulsos”. Estos impulsos, ya sea separados o combinados, controlan nuestras vidas. No son ni buenos ni malos. Simplemente, forman parte de la naturaleza humana. Pero son estos impulsos los que nos llevan a caminar sobre un tronco en el bosque y contar al arroyo las cosas más profundas de nuestro corazón. A fin de cuentas, son estos impulsos los que nos empujan hacia los brazos de un Padre Celestial amoroso o, por el contrario y debido a que buscamos satisfacerlos en forma egoísta o pervertida, nos conducen al infierno.
Si no encuentras las respuestas a estos impulsos en Dios, tu naturaleza humana te obligará a encontrarlas en otra parte, lejos de El. Cuando estos impulsos no se satisfacen en Dios, entonces empiezas a sentirte inadecuado, derrotado. Te sientes como Carlitos: “No sirves para desempeñar el papel”.
Siempre será así, hasta que entres en el Reino de Dios. Una vez que entres en el Reino, por medio de una relación personal con Dios, servirás para desempeñar el papel. Desde ese momento en adelante, podrás decir confiadamente: “Me cuento entre quienes han recibido el llamado de Dios. He sido elegido. Tengo un lugar en la historia.
Sin duda, el “volver a nacer” significa también esto. Quiere decir que somos especiales para Dios.
Hace varios años Fred Craddock daba una conferencia en la Universidad de Yale, y comentaba que cierto verano volvió a Gatlinburg, Tennessee, para disfrutar de unas breves vacaciones con su esposa. Una noche fueron a un restaurante pequeño y tranquilo, donde pensaban gozar de una cena íntima.
Mientras esperaban que les trajeran la cena, observaban que un hombre canoso, de aspecto distinguido, iba de mesa en mesa, visitando a los comensales.
-Espero que no venga por aquí –susurró Craddock a su esposa.
No quería que aquel individuo se entrometiera en su intimidad. Sin embargo, el hombre llegó a su mesa.
-¿De dónde son ustedes? –preguntó amistosamente.
-De Oklahoma.
-He oído hablar que es un lugar estupendo, aunque nunca lo he visitado. Y ¿a qué se dedica?
-Soy profesor de homilética en el seminario de graduados de la Universidad de Phillips.
-¡Ah! Así que enseña a los predicadores, ¿no es así? Pues bien, tengo una historia que contarle.
Dicho esto, el hombre acercó una silla y se sentó a la mesa con Craddock y su esposa. El doctor Craddock comenta que se quejó para sus adentros.
¡Vaya, otro cuento sobre predicadores! Pensó. Parece que todo el mundo sabe uno.
-Me llamo Ben Hooper –dijo el hombre, extendiendo la mano. Nací cerca de aquí, al otro lado de las montañas. Mi madre era soltera cuando nací, por lo que pasé muchas dificultades. Cuando empecé a ir a la escuela, mis compañeros tenían un nombre para mí, y no era un nombre muy agradable. Solía apartarme de los demás durante el recreo y el almuerzo, pues las burlas de mis condiscípulos me herían profundamente.
“Lo peor era ir al centro de la ciudad los sábados por la tarde y sentir que todo el mundo tenía los ojos clavados en mí. Todos se preguntaban quién era mi verdadero padre.
“Cuando tenía unos 12 años, llegó a nuestro templo un nuevo predicar. Siempre entraba yo tarde y me salía temprano, a escondidas. Pero un día, el predicador dio la bendición tan rápidamente, que quedé atrapado y tuve que salir con el resto de los fieles. Sentía que todos los ojos me miraban. Justo cuando llegaba yo a la puerta, una mano me tomó del hombro. Alcé la vista, y vi que el predicador me miraba directamente a los ojos.
-¿Quién eres, muchacho? ¿De quién eres hijo?
“Sentí que nuevamente me aplastaba aquel peso. Era como si me envolviera una enorme nube negra. Hasta el predicador me humillaba.
-Sin embargo, mientras observaba mi rostro, una enorme sonrisa de reconocimiento empezó a dibujarse en sus labios.
-¡Un momento! –Dijo- Ya sé quién eres. Reconozco los rasgos de la familia. Eres hijo de Dios.
“Dicho esto, me dio una palmada en la espalda y exclamó:
“Muchacho, tienes una gran herencia. Ve y reclámala”.
El hombre miró a Fred Craddock desde el otro lado de la mesa y comentó:
-Estas fueron las palabras más importantes que jamás me dirigió persona alguna.
Entonces sonrió, estrechó la mano de Craddock y la de su esposa y fue a otra mesa a saludar a unos viejos amigos.
De pronto, Fred Craddock recordó. En dos ocasiones los ciudadanos de Tennessee habían elegido a un bastardo como gobernador. Se llamaba Ben Hooper.
Eso es lo que significa ser elegido de Dios. Aunque hayamos nacido en iniquidad, y hayamos decidido seguir nuestro propio camino, por medio de la sangre de Jesucristo, nos salvamos no sólo de nuestro pasado, sino del temor al fracaso en el presente, y también de vivir sin fuerza en el futuro.
Tenemos una gran herencia. La fuerza para vivir que proviene de Dios nos permitirá reclamarla.

viernes, 22 de febrero de 2008

FIN

Si el lector/a no me ha seguido paso a paso conforme haya leído estas páginas, lo siento de veras. Do poco valor es la lectura de un libro, a no ser que las verdades que se presentan a la mente sean comprendidas, apropiadas y llevadas a la práctica. Parésese éste al que contempla los alimentos copiosos en un escaparate de casa de comidas y queda, sin embargo, hambriento por no comer personalmente de ellos. En vano, querido lector/a, nos hemos encontrado tú y yo, a no ser que hayas aceptado por fe viva a Jesucristo, mi Señor. De mi parte hubo un deseo marcado de hacerte bien y he hecho lo mejor que he podido para este fin. Siento no haberte podido comunicar un bien positivo, porque anhelaba de veras conseguir este privilegio. Pensaba en ti al escribir esta página y he pedido solemnemente a Dios por todos los que leyeran. Estoy segurísimo que gran número de lectores serán bendecidos por su lectura, aún cuando tú no quieras ser de éste número. Pero ¿por qué rehusarás tú mi testimonio? Si no deseas la bendición especial que yo te hubiera llevado, hágame el favor al menos de admitir que la culpa de tu condena final no me la imputarás a mí. Cuando tengas que enfrentar el Gran Trono Blanco, no podrás culparme de haber usado mal la atención que bondadosamente me concediste al leer esta obrita. El Señor es mi testigo, abogado y Juez (por que yo no estaré en el Gran Trono Blanco, pero sí en el Tribunal de Cristo por donde pasaremos todos los creyentes en Cristo para recibir de acuerdo a lo que hayamos hecho lo que corresponda) quién ha visto como he escrito cada renglón para tú bien eterno. En espíritu pongo ahora mi mano en la tuya y te doy un fuerte apretón. ¿Lo sientes? Con lágrimas en los ojos te miro, diciendo: ¿Por qué quieres morir? ¿No quieres dedicar un momento a los asuntos de tu alma? ¿Querrás perecer por puro descuido? ¡Lejos sea esto de ti! Pesa solemnemente estas cosas, poniendo fundamento firme para la eternidad. No rehúses a Jesús Autor y consumador de la fe, su amor, su sangre, su perdón, su salvación. ¿Por qué lo harías? ¿Podrás hacerlo?
¡TE CONJURO que no vuelvas la espalda a tu Redentor!
Si, en cambio, mi oración ha tenido contestación y tú, querido lector/a, hayas sido conducido a confiar en el Señor Jesús aceptando del mismo la salvación por gracia, en tal caso, aférrate para siempre a esta doctrina y a este modo de vivir y proceder. Sea Jesús tu todo en todo y permite que la gracia inmerecida sea la regla única por la cual vivas y te muevas. No hay vida como la del que vive disfrutando del favor de Dios. Recibir todo cual don gratuito, esto, guarda la mente del orgullo del mérito propio y del remordimiento de las acusaciones de la conciencia desesperada. Esta vida por gracia calienta el corazón llenándolo de amor agradecido y así produce un sentimiento en el alma infinitamente más aceptable para Dios que todo cuanto pudiera proceder de un amor de esclavo. Los que procuran salvarse haciendo lo mejor que puedan, no saben nada del fervor ardiente, del santo celo, del gozo en Dios que nacen de la salvación gratuitamente recibida según la gracia de Dios. El espíritu de servidumbre de la salvación mediante el mérito propio, o sea por el cumplimiento de los mandamientos, nada tiene de comparable con el espíritu gozoso de la adopción. Más virtud real hay en la menor emoción de la fe que en todos los esfuerzos del esclavo de la ley o en toda la maquinaria de los devotos que procuran subir al cielo por la escalera de las ceremonias. La fe es cosa espiritual y Dios que es Espíritu se deleita en ella por esa razón. Años enteros de rezos, de acudir a las iglesias o capillas, a los santuarios; años enteros de ritos, de ceremonias, de penitencias, pueden ser otras abominaciones a la vista de nuestro Dios que es Espíritu. Pero una mirada del ojo de la verdadera fe es espiritual y por lo mismo a su gusto. “Dios es Espíritu y busca adoradores que le adoren en Espíritu y en Verdad.” Y “Gloria de hombres no recibe.” Si no la que se produce inspirada por su mismo Espíritu Santo.

viernes, 15 de febrero de 2008

EL TEMOR DE CAER

Cierto Temor se apodera, a veces de muchos que buscan la salvación: temen que no podrán perseverar hasta el fin. He oído decir: “Si yo hubiera de entregar mi alma al Señor Jesús, tal vez volvería atrás perdiéndome al fin. Antes he tenido sentimientos buenos y se me han alejado. Mi bondad ha sido como la nube de la mañana y como el rocío temprano. De repente ha venido, ha durado poco, ha prometido mucho y luego ha desaparecido.”
Querido lector, creo que este temor es a menudo el padre del hecho y que algunos que han tenido miedo de confiar en Cristo para todo el tiempo y toda la eternidad, han fracasado, porque su fe era temporal no siendo lo suficientemente sincera para salvarles. Principiaron confiando en Jesús hasta cierto punto, pero confiaron en sí mismos respecto a la continuación y perseverancia en el camino al cielo; así es que principiaron de un modo erróneo, resultando la cosa natural que no tardaron en volver atrás. Si confiamos en nosotros mismos respecto a la perseverancia, es cierto que no perseveraremos. Aún cuando confiamos en Jesús esperando de él buena parte de la salvación, no dejaremos de fracasar, si confiamos en nosotros mismos respecto a algo. No hay cadena más fuerte que el más débil de los eslabones: si de Jesús esperamos todo excepto una cosa, fracasaremos sin falta, porque en esa cosa tropezaremos sin duda alguna.
No me cabe duda que el error respecto a la perseverancia de los santos ha impedido la perseverancia de muchos que un día marchaban bien. ¿Cuál fue su tropiezo? Confiaban en sí mismos respecto a su carrera, en consecuencia quedaron parados. Cuidado con mezclar algo del yo en la argamasa con que edificas, porque la harás argamasa destemplada y las piedras no quedarán ligadas. Si miras a Cristo respecto al principio, cuidado que no mires a ti mismo respecto al fin. El es Alfa. Mira que te sea Omega también. Si principias en Espíritu, no debes esperar que te perfeccionaras por la carne. Empieza como piensas continuar y continúa como empezaste, siéndote el Señor el todo en todo. Pidamos que Dios el Santo Espíritu nos dé idea clara respecto a la fuente de toda fuerza necesaria para la perseverancia y para ser guardados hasta el día de la aparición del Señor.
Aquí sigue lo que dijo Pablo sobre este asunto al escribir a los corintios:
“Nuestro Señor Jesucristo… os confirmará hasta el fin, para que seáis sin falta en el día de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es Dios, por el cual sois llamado a la participación de su Hijo Jesucristo nuestro Señor.”—1Cor. 1:8,9.
Estas palabras admiten silenciosamente una gran necesidad al decirnos como se ha tenido en cuenta llenarla. Siempre que el Señor haga provisiones, podemos estar seguros que hay necesidad para ello, ya que el pacto de gracia no se distingue por cosas superfluas. En el palacio de Salomón se colgaron escudos de oro que nunca se usaron, pero en el Arsenal de Dios no hay tales cosas. Necesitaremos, por cierto todo cuanto Dios ha provisto. Desde hoy hasta consumación de todas las cosas será requerida toda promesa de Dios y toda provisión del pacto de gracia. La necesidad urgente del alma que cree es el fortalecimiento, la continuación, la perseverancia hasta el fin, el ser guardado para siempre. Tal es la necesidad del creyente más adelantado, porque Pablo escribía los santos de Corinto, personas de elevación, de las cuales podía decir: “Gracias doy a mi Dios siempre por vosotros, por la gracia de Dios que os es dada en Cristo Jesús.” Tales personas son precisamente las que sienten de verdad que diariamente necesitan gracia nueva para continuar el camino, perseverar y salir vencedores al fin. Si no fueran santos, no tendrían necesidad de la gracia; pero por ser hombres de Dios, sienten diariamente las necesidades de la vida espiritual. La estatua de mármol no siente la necesidad de alimento; pero el hombre vivo siente hambre y sed, se regocija que el pan y el agua no le falten, porque si le faltasen, perecería en el camino. Las necesidades personales del creyente lo hacen imprescindible que diariamente acuda a la gran fuente de todo tesoro espiritual, pues ¿Qué haría, si no pudiera dirigirse a su Dios?
Este es el caso tratándose de los más dotados de los santos – de los de Corinto enriquecidos de todo don de conocimiento y sabiduría. Necesitaban ser confirmados hasta el fin y a no ser así, resultarían su ruina sus dones y conocimientos. Si hablásemos lenguas humanas y angélicas y no recibiéramos gracia nueva de día en día, ¿Dónde estaríamos ahora? Si tuviéramos toda experiencia hasta ser “padres de la iglesia,” si fuéramos enseñados por Dios hasta comprender todo misterio, no podríamos vivir un solo día sin que la vida divina se nos comunicara desde la Cabeza del Pacto. ¿Cómo podríamos esperar que perseveráramos por una hora siquiera, para no decir por una vida entera, a no ser que el Señor nos llevará adelante? El que ha empezado la buena obra en nosotros, es el único que puede perfeccionarlo hasta el día de Cristo, si no resultará un triste fracaso.
Esta necesidad se debe en gran parte a nuestra propia condición. Algunos penan bajo el temor de no poder perseverar en la gracia, porque conocen su carácter caprichoso. Algunas personas son por naturaleza inestables. Otras son naturalmente obstinadas y otras igualmente volubles y ligeras. Semejantes a mariposas vuelan de flor en flor, visitando todas las hermosuras del jardín, sin hacerse morada fija en ninguna parte. Nunca paran en punto fijo bastante para hacer bien alguno, ni siquiera en su negocio, ni en sus estudios intelectuales. Tales personas temen con razón que diez, veinte, treinta o cuarenta años de vigilancia les resulte demasiado, tarea imposible. Vemos a gente afiliarse a una iglesia tras otra, hasta recorrer todas las rayas de la brújula. Son todo, todo por turno, pero nada, nada duradero. Estos tales tienen doble motivo de pedir a Dios que no sólo les haga firmes sino inmovibles; de otra manera no serán hallados “constantes creciendo siempre en la obra del Señor”.
Todos, aun los que no tengamos inclinación natural a la inconstancia, no podemos por menos de sentir nuestra debilidad, si somos vivificados por Dios. Querido lector/a, ¿no hallas lo suficiente en un solo día para hacerte tropezar? Tú que deseas vivir santamente, como pienso es el caso; tú que tienes un alto ideal de lo que debe ser la vida cristiana, ¿no hallas que antes de haberse limpiado la mesa después del almuerzo, ya has dado prueba de bastante torpeza para sentirte avergonzado de ti mismo? Si nos encerráramos en la celda de un ermitaño, nos acompañaría la tentación, porque entretanto que no podemos escapar de nosotros mismos, no podemos escapar de la tentación. Hay un algo adentro de nuestro corazón que nos debe mantener alertos y humillados delante de Dios. Si él no nos confirma, somos tan débiles que fácilmente tropezamos y caemos, no necesariamente vencidos por el enemigo sino por vuestro propio descuido. Señor, sé tú nuestra fuerza. Nosotros somos la misma debilidad.
Además de esto, notaremos el cansancio que produce una vida larga. Al principiar nuestra carrera espiritual subimos con alas de águila, después corremos cansados, pero en nuestros días mejores andamos sin desmayar. Nuestra marcha parece más pausada, pero es más útil y mejor sostenida. Pido a Dios que la energía del Espíritu y no meramente el fervor de la carne altiva. El que hace tiempo anda por el camino del cielo, encuentra que por razón buena se prometió que los zapatos serían de hierro y bronce, porque el camino es áspero. El tal ha descubierto que existen Collados de Dificultad y Valles de Humildad; que existe un Valle de Sombra de Muerte y peor todavía la Feria de Vanidad, todo lo cual se debe atravesar. Si hay Montes de Delicias (y gracias a Dios que los haya), hay también Castillos de Desesperación, cuyo interior los peregrinos han visto con mucha frecuencia. Todo considerado, los que perseveran hasta el fin en el camino de la santidad, será “objeto de la admiración.”
“¡OH mundo de maravillas, no menos puedo decir!” Los días de la vida del cristiano son como otras tantas perlas de misericordia ensartadas en hilos de oro de la felicidad divina. En el cielo manifestaremos a los ángeles, a los principados y poderes las inescrutables riquezas de Cristo que se empleó en nosotros y que disfrutamos aquí abajo. Nos ha mantenido vivos en las garras de la muerte. Nuestra vida espiritual ha sido una llama ardiendo en medio del mar, una piedra suspendida en el aire. Será el asombro del universo el vernos pasar por la puerta de perlas sin tacha el día de nuestro Señor Jesucristo. Debemos sentirnos llenos de grata admiración por ser guardados una hora siquiera. Espero que así nos sintamos.
Si esto fuera todo, habría razón suficiente para temer; pero hay mucho más. Es preciso que nos acordemos del lugar en que vivimos. Este mundo es un desierto espantoso para muchos del pueblo de Dios. Algunos de nosotros hallamos gusto especial en la providencia de Dios, pero para otros es una pena terrible. Nosotros empezamos el día con la oración a Dios y oímos el canto de alabanza a menudo en nuestros hogares; pero apenas se han levantado de sus rodillas por la mañana muchos de nuestros semejantes, cuando se les saluda con blasfemias. Salen al trabajo y todo el día se les aflige con nefandas conversaciones como el justo LOT en Sodoma. ¿Puedes andar siquiera por la ancha calle en estos días sin que sean acosados los oídos por el lenguaje más soez? El mundo no es amigo de la gracia. Lo mejor que podemos hacer con este mundo es terminar con él cuanto antes, porque moramos en campo enemigo. En cada matorral se esconde algún ladrón. En cualquiera parte es preciso andar con la espada envainada o al menos con la espada llamada oración constantemente a nuestro lado; porque hemos de luchar por cada pulgada del camino. No te equivoques en este punto, si quieres evitar la desilusión más amarga. ¡OH, Dios, ayúdanos y confírmanos hasta el fin! Si no ¿adonde iremos a parar?
La verdadera religión es sobrenatural en su principio, sobrenatural en su continuación y es sobrenatural en su acabamiento. Es obra de Dios desde el principio hasta el fin. Hay gran necesidad de que la mano de Dios sea extendida todavía. Esta necesidad siente mi lector/a ahora, de lo que se alegra; porque ahora espera del Señor la perseverancia, quien solo es poderoso para guardarnos de caída y glorificarnos en su Hijo.