Aquel que en otro tiempo nos perseguía, ahora predica la fe que en otro tiempo asolaba. (Gálatas 1:23)
“Hoy es mi decimoquinto cumpleaños” dijo con emoción el predicador al sorprendido auditorio. “En efecto, hace exactamente quince años me hallaba con dos compañeros en esta misma capilla, detrás del pilar izquierdo. Todavía veo la escena como si fuera hoy. Teníamos la intención de turbar la reunión y aguardábamos con los bolsillos llenos de diversos proyectiles el instante de poner manos a la obra. Pero, en el momento de actuar, una fuerza irresistible e inexplicable me paralizó y detuvo a mis compañeros. Estos me trataron de cobarde y dejaron la sala rezongando.
No me acuerdo más del tema; no fue él el que me apartó de mis malas intenciones. No me acuerdo más del orador; no fue ella la que me impresionó. Pero hay una cosa de la cual siempre me acordaré, es esa voz interior que me decía: “Aquí estás en la presencia de Dios”.
Después de tan inolvidable experiencia, sentí la necesidad de volver a este lugar. Necesitaba ponerme en regla con ese Dios cuya autoridad y realidad había experimentado. Deseaba volver a encontrar a ese Dios que había hecho irrupción en mi vida. Volví, pues, a asistir a las predicaciones en esta sala. Y hoy estoy aquí, mis amigos, para dar testimonio de mi nuevo nacimiento ante ustedes”.Hace dos mil años, el que vino a ser el apóstol Pablo, relató la misma experiencia: “Caí al suelo y oí una voz que me decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? (hechos 22:6-16).
martes 28 de octubre de 2008
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